Tortilla de despedida
La semana pasada cumplí con una promesa: hice una tortilla de patatas para los estudiantes de español (algún que otro profesor de inglés metió el tenedor, o incluso los dedos). Me vi obligado a hacer una pequeña, con los ingredientes básicos, porque no había mucho más por mi nevera. Pero parece que cuatro patatas, otros tantos huevos y media cebolleta fueron suficientes para picar algo en el descanso, ponerle los dientes largos a Pilar, saltarme yo la dieta y hacer sonreír a los chicos una mañana fría de jueves.
Una tortilla para despedir a Marieke. El viernes hice otra para celebrar el cumpleaños de un buen amigo. El domingo repetí para comer en la playa (después de protestar por los derribos injustificados en el barrio del Cabanyal). Parece que ejerzo un poco de promoción de lo patrio (¡líbreseme!) a la vez que lleno el buche y hago disfrutar a mi paladar. Porque, según mi experiencia, la tortilla es una de las mejores especialidades que quedan bien en cualquier tipo de evento: una cena rápida de informal, una fiesta de celebración o una simple merienda con los restos del día anterior.
Con pimientos (rojos y verdes al unísono), sin y con cebolla, cubierta de berenjenas fritas y lascas de queso parmesano; rellena de pechuga de pavo o similares, de jamón serrano del bueno (o del malo, ¿qué más da si sabe a jamón?), de mozarela y aguacate; sobre ensalada en juliana, hervida en pisto (a la cazurra, receta de mi cuñado leonés), fría o caliente o templada. Como dijo hace poco una periodista radiofónica, «A mí me da igual si fue hecha dos horas o tres días antes: me la como igual».
El problema es que se me acaban las recetas. ¿Me echáis una mano para ampliar mi cuaderno de tortillas?
J. Landa
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